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El invisible ejército subterráneo que sustenta la agricultura brasileña

Mucho más allá de los hongos, las redes microscópicas de micelio estructuran la tierra, combaten plagas y garantizan la nutrición de las plantas.

Daniele Morais
6 de agosto de 2026 · 10 min de lectura
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El invisible ejército subterráneo que sustenta la agricultura brasileña
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El suelo bajo nuestros pies no es solo un soporte mecánico inerte para la fijación de plantas, sino un ecosistema complejo y dinámico donde la vida microscópica actúa de forma ininterrumpida. Entre los diversos organismos que habitan esta matriz oscura y húmeda, los hongos desempeñan un papel central y muchas veces invisible en el mantenimiento de la fertilidad y de la estructura física de la tierra. Comprender la complejidad de estas interacciones biológicas es el primer paso para transformar la productividad agrícola brasileña, reduciendo la dependencia histórica de insumos industriales importados.

Cómo la red micelial estructura físicamente el suelo cultivable

Para comprender el impacto de los hongos en la física del suelo, es necesario analizar su estructura vegetativa, el micelio. A diferencia de los animales y de las plantas, el cuerpo de un hongo está compuesto por una red tridimensional de filamentos microscópicos extremadamente finos llamados hifas. Estas hifas crecen continuamente a través de los microporos de la tierra, ramificándose en todas las direcciones. En un solo gramo de suelo sano, la extensión sumada de estas hifas puede alcanzar decenas de metros, creando una malla física que actúa como una verdadera red de contención para las partículas minerales de arena, limo y arcilla.

Esta asociación física directa es tan solo el primer nivel de estructuración. El mecanismo químico más profundo ocurre por medio de la secreción de sustancias cementantes. A finales del siglo XX, científicos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos identificaron la glomalina, una glicoproteína producida exclusivamente por hongos micorrízicos arbusculares. La glomalina es una molécula extremadamente estable, insoluble en agua y altamente resistente a la degradación térmica y enzimática. Actúa como un pegamento biológico, uniendo las pequeñas partículas minerales en agregados estables.

La formación de estos agregados es fundamental para la salud física del suelo. Cuando las partículas de tierra están unidas en agregados de diferentes tamaños, se crean caminos y espacios vacíos de variadas dimensiones, conocidos como macroporos y microporos. Esta porosidad equilibrada desempeña dos funciones vitales y complementarias. Primero, permite la rápida infiltración del agua de lluvia, evitando el escurrimiento superficial que causa la erosión y la pérdida de la capa fértil superficial. Segundo, garantiza la aireación del suelo, suministrando el oxígeno necesario para la respiración de las raíces de las plantas y de otros microorganismos aerobios.

En suelos arcillosos, comunes en diversas regiones productoras de Brasil, la actividad fúngica impide que la tierra se compacte excesivamente, transformando bloques rígidos en una estructura granulada y blanda, ideal para el desarrollo radicular. En cambio, en suelos arenosos, que naturalmente presentan baja capacidad de retención de agua y nutrientes, la red de hifas y la glomalina actúan reteniendo la humedad y los elementos químicos esenciales, impidiendo que sean lixiviados hacia las capas más profundas del subsuelo. Investigaciones desarrolladas por la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria demuestran que los suelos manejados bajo sistemas de conservación biológica presentan mayor estabilidad de agregados y resistencia a procesos erosivos graves.

La simbiosis micorrízica y la optimización de la nutrición vegetal

Una de las relaciones ecológicas más antiguas y exitosas del planeta es la simbiosis micorrízica. Los registros fósiles indican que, cuando las primeras plantas migraron del entorno acuático al terrestre, hace cientos de millones de años, no poseían sistemas radiculares complejos capaces de extraer nutrientes del suelo mineral. Fue la asociación con los hongos primitivos lo que hizo viable la colonización de la tierra firme, estableciendo una alianza donde el hongo actúa como una extensión del sistema radicular de la planta a cambio de compuestos de carbono producidos por la fotosíntesis.

Esta asociación ocurre principalmente de dos formas: las ectomicorrizas, donde las hifas envuelven externamente las raíces sin penetrar en sus células individuales, comunes en especies forestales como pinos y eucaliptos; y las endomicorrizas, también llamadas micorrizas arbusculares, que predominan en los grandes cultivos agrícolas, como soja, maíz, trigo y frijol. En las micorrizas arbusculares, las hifas penetran en las células del córtex radicular y forman estructuras altamente ramificadas llamadas arbúsculos. Precisamente en estas estructuras se producen los intercambios de nutrientes a nivel celular.

La relevancia práctica de este mecanismo para la agricultura tropical es inmensa, especialmente en lo que respecta al fósforo. Los suelos brasileños, predominantemente intemperizados, poseen una alta concentración de óxidos de hierro y aluminio. Estos minerales presentan una fuerte afinidad química con el fosfato, uniéndose a él de forma casi irreversible en un proceso conocido como fijación de fósforo. Cuando el agricultor aplica fertilizantes fosfatados minerales, la mayor parte del nutriente se vuelve rápidamente insoluble y no disponible para las plantas.

Los hongos micorrízicos eluden este obstáculo mediante estrategias químicas sofisticadas. Sus hifas secretan ácidos orgánicos, como el ácido cítrico y el ácido oxálico, que compiten por los sitios de unión en los óxidos de hierro y aluminio, liberando el fósforo para la solución del suelo. Además, los hongos producen enzimas llamadas fosfatasas ácidas, que rompen los enlaces de fósforo orgánico presente en la materia orgánica. Como las hifas son mucho más finas que los pelos radicales de las plantas, logran explorar un volumen de suelo significativamente mayor, transportando el fósforo solubilizado directamente al interior de las raíces. Estudios realizados en la Universidad de São Paulo señalan que la presencia de esta red fúngica activa reduce drásticamente la necesidad de una fertilización mineral pesada, optimizando el aprovechamiento de los recursos ya presentes en el suelo.

Descomposición saprofítica y el ciclaje profundo de materia orgánica

Mientras que los hongos micorrízicos viven en simbiosis directa con las plantas vivas, otro grupo esencial actúa sobre la materia muerta: los hongos saprófitos. Ellos son los principales responsables del reciclaje de nutrientes en el planeta, actuando como descomponedores especializados de residuos vegetales complejos. La paja dejada sobre el suelo tras la cosecha, compuesta por tallos, hojas y raíces remanentes, es rica en polímeros de difícil degradación, como la celulosa, la hemicelulosa y, principalmente, la lignina.

La lignina es una macromolécula tridimensional compleja y amorfa que confiere rigidez e impermeabilidad a las paredes celulares de las plantas. Debido a su estructura química altamente resistente, la gran mayoría de las bacterias y otros microorganismos son incapaces de descomponerla de forma eficiente. Los hongos saprófitos, especialmente los pertenecientes al grupo de los basidiomicetos, han desarrollado un arsenal enzimático único para esta tarea. Producen y secretan potentes enzimas oxidativas, como las lacasas, las manganeso peroxidasas y las lignina peroxidasas.

Estas enzimas no atacan la lignina de forma directa y específica; en su lugar, generan radicales libres altamente reactivos en el entorno circundante. Estos radicales libres realizan un ataque químico inespecífico sobre los enlaces de la lignina, fragmentando la molécula en piezas más pequeñas. Una vez rota la barrera protectora de la lignina, la celulosa y la hemicelulosa quedan expuestas y pueden ser fácilmente hidrolizadas por otras enzimas, las celulasas, transformando polímeros complejos en azúcares simples que sirven de energía para toda la red trófica del suelo.

Este proceso de descomposición controlada da como resultado la formación del humus, la fracción más estable de la materia orgánica del suelo. El humus posee una elevada capacidad de intercambio catiónico, funcionando como un reservorio cargado negativamente que retiene nutrientes esenciales cargados positivamente, como calcio, magnesio y potasio, evitando que las lluvias intensas los arrastren hacia el manto freático. Asimismo, la descomposición fúngica libera compuestos nitrogenados y fosfatados simples que alimentan a las bacterias nitrificantes. Estas bacterias convierten el nitrógeno orgánico en formas minerales asimilables por las plantas, cerrando un ciclo biogeoquímico perfecto que mantiene la productividad del cultivo sin necesidad de intervenciones químicas constantes.

Mecanismos biológicos de biocontrol e inducción de resistencia

El papel de los hongos en la salud del suelo va mucho más allá de la nutrición y de la estructuración física; también actúan como defensores activos de las plantas frente a plagas y enfermedades. En el entorno subterráneo se libra una guerra constante por espacio, agua y nutrientes. Diversos hongos benéficos actúan como agentes de control biológico natural, impidiendo la proliferación de patógenos que atacan las raíces y causan graves pérdidas económicas en los cultivos.

El género Trichoderma es uno de los ejemplos más ampliamente estudiados y utilizados en la agricultura moderna. Estos hongos utilizan un mecanismo conocido como micoparasitismo. Al detectar la presencia de un hongo fitopatógeno, como el causante del moho blanco o de la podredumbre de la raíz, Trichoderma crece hacia el objetivo, estimulado por señales químicas específicas. Se enrosca alrededor de las hifas del patógeno y secreta enzimas que digieren la pared celular del invasor, como quitinasas y glucanasas. Una vez perforada la pared, el hongo benéfico absorbe el contenido celular del patógeno, neutralizando la amenaza.

Además del ataque directo, los hongos benéficos emplean la antibiosis, que consiste en la producción y liberación de metabolitos secundarios con propiedades antimicrobianas. Estos compuestos crean una barrera química alrededor de las raíces, impidiendo que las esporas de hongos nocivos germinen e infecten la planta. La competencia por los recursos también es feroz: al colonizar rápidamente la superficie de las raíces, formando una película protectora conocida como rizosfera, los hongos benéficos consumen los nutrientes disponibles y ocupan los espacios físicos, dejando a los patógenos sin condiciones para establecerse.

Otro mecanismo fascinante es la inducción de resistencia sistémica. Cuando un hongo benéfico entra en contacto con las células de la raíz, desencadena una reacción de defensa localizada en la planta. Dicha reacción no es lo suficientemente fuerte como para dañar al vegetal, pero actúa como una vacuna, activando de forma preventiva el sistema inmunológico de la planta. Mensajeros químicos internos viajan desde las raíces hasta las hojas, preparando a todo el organismo para responder de manera mucho más rápida e intensa en caso de que se produzca un ataque real de plagas o enfermedades en la parte aérea. Investigaciones realizadas en la Universidad Estatal de Campinas demuestran que las plantas asociadas a microorganismos benéficos producen mayor cantidad de fitoalexinas y compuestos fenólicos, sustancias naturales de defensa que dificultan la infección por patógenos foliares.

Estratégias de manejo para la conservación de la microbiota fúngica

A pesar de los innumerables beneficios que los hongos proporcionan al suelo y a las plantas, las prácticas agrícolas convencionales basadas en el laboreo intensivo de la tierra y en el uso masivo de insumos químicos sintéticos han provocado la degradación sistemática de estas poblaciones microscópicas. La arada y la rastra mecánica destruyen físicamente las hifas y fragmentan las redes miceliales que tardaron meses en establecerse. Esta alteración altera drásticamente el equilibrio del suelo, favoreciendo el desarrollo de bacterias oportunistas y acelerando la pérdida de materia orgánica.

El uso excesivo de fertilizantes minerales altamente solubles, especialmente los fosfatados, también desregula la biología del suelo. Cuando la planta recibe una cantidad abundante de fósforo de fácil absorción directamente en la raíz, interrumpe el suministro de carbono a los hongos micorrízicos, al entender que no necesita invertir energía en esa asociación. Como consecuencia, las redes micorrízicas se atrofian. No obstante, cuando el cultivo se enfrenta a un período de sequía prolongada, la planta pierde la resiliencia hídrica que le proporcionaría la red fúngica, volviéndose sumamente vulnerable al estrés hídrico.

Para revertir este escenario de degradación biológica, resulta fundamental adoptar prácticas de manejo conservacionista. El sistema de siembra directa es la principal herramienta para la preservación de los hongos del suelo. Al eliminar el laboreo mecánico de la tierra y mantener el suelo cubierto constantemente por residuos vegetales, el agricultor preserva la integridad física de las redes de hifas y garantiza un suministro constante de materia orgánica para alimentar a los hongos saprófitos.

La rotación de cultivos y el uso de cultivos de cobertura también desempeñan un papel crucial. Diferentes especies vegetales estimulan distintas comunidades de hongos mediante la liberación de diversos exudados radiculares. Mantener raíces vivas en el suelo durante todo el año, incluso en los períodos entre las cosechas principales, garantiza que los hongos micorrízicos, que dependen de huéspedes vivos para sobrevivir, no mueran de inanición. Asimismo, el uso de inoculantes biológicos comerciales que contienen esporas de hongos benéficos permite reintroducir estas especies esenciales en áreas degradadas, acelerando la recuperación de la salud del suelo. Al integrar estos conceptos, el productor rural brasileño no solo protege el medio ambiente, sino que construye un sistema productivo resiliente, autosuficiente y altamente competitivo para el futuro.

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